
Hola corazones
Lo de hoy va de genéricos y positividad. El punto de partida, una miniconversación con mi inocente madre que, ofuscada en nuestra mierda de medios de comunicación, ahora le tiene miedo a los medicamentos genéricos que se van a empezar a recetar, porque dice, vio en la tele que son malos y que hubo gente que tuvo que ir al hospital y “nena, lo dice la tele…”, la sabia tele, apunto yo, que todo lo sabe. El punto intermedio, otra miniconversación con mi principín, donde ambos construimos que los medios mienten, que nos mienten, y que nos dejamos engañar. Y que queremos la televisión de lo positivo, la radio de lo positivo, una prensa diferente, aunque sabemos que hay desgracias y miserias, pero también de lo otro, o no. El punto de clausura: el placer por las pequeñas cosas, amigas; por lo cercano, por lo que tenemos ahí al lado, por lo pequeño para transformar lo grande. Una muestra de ello, el concierto de ayer; un Buen Suceso en toda regla. Y paz, mucha paz. ¿Qué pensáis? ¿Algún pequeño placer más?
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La acusada, Alma Di Agosto, había confesado. Llevaba presa más de un año; y parecía condenada a pudrirse de por vida en la cárcel.
Según es costumbre, los policías la habían violado y la habían torturado. Al cabo de un mes de continuas palizas, le habían arrancado varias confesiones. Las confesiones de Alma Di Agosto no se parecían mucho entre sí, como si ella hubiera cometido el asesinato de muy diversas maneras. En cada confesión había personajes diferentes, pintorescos fantasmas sin nombre ni domicilio, porque la picana eléctrica convierte a cualquiera en fecundo novelista; y en todos los casos la autora demostraba tener la agilidad de una atleta olímpica, los músculos de una fuerzuda de feria y la destreza de una matadora profesional. Pero lo que más sorprendía era el lujo de detalles: en cada confesión, la acusada describía con precisión milimétrica ropas, gestos, escenarios, situaciones, objetos...
Alma Di Agosto era ciega.
Sus vecinos, que la conocían y la querían, estaban convencidos de que ella era culpable:
--¿Por qué? --preguntó el abogado.
--Porque lo dicen los diarios.
--Pero los diarios mienten --dijo el abogado.
--Es que también lo dice la radio --explicaron los vecinos--. ¡Y la tele!
Eduardo Galeano
La cultura del terror 6
El libro de los Abrazos